25.11.09

La crisis no ha detenido el encarecimiento de los alimentos que agobia a la periferia más empobrecida. La revalorización de las materias primas es tan sólo el detonante coyuntural de una gran hambruna. Lo que destruye la seguridad alimentaria de los países más relegados es el avance del agro-capitalismo y la especialización exportadora.
La eclosión se expandió aceleradamente por todo el planeta. Esta sincronización retrata el avance económico de la mundialización y su discordancia con un sistema de relaciones políticas internacionales, históricamente asentado en múltiples estados nacionales.
El desprestigio del neoliberalismo no ha modificado la preeminencia de esa orientación derechista. Las clases dominantes sólo incorporan algunos complementos heterodoxos, a una política frontalmente opuesta al otorgamiento de concesiones sociales. La apetencia por el lucro continúa rompiendo todos los diques que morigeran las contradicciones del capitalismo.
La crisis en curso no prolonga desequilibrios irresueltos de los años 70. Expresa desajustes de la nueva etapa, que incluyen formas inéditas de especulación financiera, irrupciones singulares de excedentes comerciales y un imprevisto protagonismo asiático.
La intensificación de la concurrencia es otro rasgo de la conmoción actual. Los monopolios no atenúan esa rivalidad, ni impiden el ajuste de los precios. Mientras se vislumbra la nueva dinámica de fluctuaciones cortas, persisten los interrogantes sobre el signo de las ondas largas. La mundialización neoliberal introduciría otra frecuencia en estos movimientos, que tornaría obsoleto el contraste con la onda expansiva de posguerra.

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